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viernes, 3 de enero de 2014

DEMOS VOZ A LOS NIÑOS


Baptistine Ralamboarison Secretaria General de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera pide: "Demos voz a los niños; tienen mucho que decirnos y enseñarnos. Ellos son parte de la Iglesia, y parte importante".

La Infancia Misionera es una de las cuatro Obras Misionales Pontificias. Al igual que las otras tres Obras, tiene por finalidad infundir en los católicos un espíritu universal y misionero. Y a diferencia de las demás (Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol y Pontificia Unión Misional), la INFANCIA MISIONERA, llamada también Santa Infancia, destina todos sus esfuerzos a los niños. O, para ser más precisos, son los niños los verdaderos protagonistas de esta Obra. No somos solo una obra para los niños, sino más bien una Obra de los niños y con los niños.
La idea de fundar en la Iglesia un organismo de esta naturaleza nació más de 170 años atrás, cuando un obispo francés, Mons. Charles de Forbin-Janson, viendo que tantos niños morían sin el bautismo en China, y no pudiendo ir personalmente a ayudarlos, decidió fundar una Obra que se dedicase a la evangelización de los niños gracias a la ayuda y colaboración de los mismos niños. Esta colaboración, que se puede sintetizar en el lema “Los niños ayudan a los niños”, consiste simplemente en la oración y en la ayuda material. Los niños de la Infancia Misionera rezan todos los días una avemaría por todos los niños del mundo. 

Desde entonces, la Infancia Misionera se ha extendido por todo el mundo. Son más de 115 los países en donde esta Obra está activa. Y son millones los niños que actualmente ayudan a otros niños en dificultad. Hoy en día las necesidades son muchas. Hay millones de niños que sufren hambre —y cientos de ellos mueren cada día—, muchos no pueden ir a la escuela, otros no pueden acceder a los servicios médicos más elementales. Los huérfanos, los pobres, los enfermos y, sobre todo, aquellos que no conocen todavía a Jesús, todos ellos, están en el centro de nuestras oraciones.
Sin embargo, y es importante recordarlo, esta Obra no es un organismo de ayuda caritativa. Somos una obra de evangelización. Queremos llevar el Evangelio a todos los niños, que son el presente y el futuro de la Iglesia. Por eso todos ellos se encuentran en nuestras oraciones, ya sea que vengan de países no cristianos o de países con una larga tradición católica. Porque todos necesitamos convertirnos y acercarnos más a Dios.
Llevamos el Evangelio pidiendo a Dios con la oración que abra el corazón de los niños. Por nuestra parte, tratamos de sustentar la actividad misionera de la Iglesia a favor de ellos con nuestra ayuda material, que consiste, hoy como ayer, en una pequeña donación voluntaria. No importa la cantidad. Importa el corazón con el cual se da la ofrenda. Millones de niños en todo el mundo, desde Bolivia hasta el Nepal, poniendo juntos sus colectas y sus oraciones, logran hacer que financiemos más de dos mil proyectos cada año, por un monto superior a los 20 millones de dólares. Eso sirve para comprar catecismos, construir aulas, adquirir alimentos o medicinas y tantas otras ayudas más. Algunos niños en África, en Asia o en América Latina solo logran dar unos pocos céntimos. No importa: son esos céntimos, junto con otros tantos, los que nos permiten llevar consuelo material y espiritual a tantas realidades marcadas por la dificultad. En el fondo es Dios quien convierte y cura, mediante la acción de los niños. Por ello, somos escrupulosos cuando distribuimos nuestras ayudas. Porque sabemos de todo el esfuerzo que hay detrás para poder recoger esos céntimos. El Señor se sirve de las cosas pequeñas para hacer grandes obras. Así se ve la acción de Dios. Esta Obra de la Santa Infancia es la prueba viviente de ello. Por eso, el beato Juan Pablo II llamaba a los niños de la Infancia Misionera “los pequeños grandes colaboradores de la Iglesia y del Papa”.
Hagamos que los niños sean protagonistas en la Iglesia. Ninguno es tan pobre que no pueda rezar una 
avemaría y meter un céntimo en la hucha. Todas esas oraciones y todas esas huchas han ayudado mucho en todos estos años. Y sobre todo, ayudan a quien reza y da. La prueba son los santos que han pertenecido a la Infancia Misionera, y tantas vocaciones de sacerdotes o religiosos que se han  originado participando en esta Obra. Por último, pero no menos importante, están los millones de laicos que, formados en esta escuela de espiritualidad, han aprendido a compartir su fe y sus bienes con los demás, participando así en la creación de un mundo mejor.
Pienso que no solamente la Iglesia tiene necesidad de esta Obra, sino, sobre todo, el mundo. Para hacer un mundo mejor, necesitamos de la Infancia Misionera.
Demos voz a los niños; tienen mucho que decirnos y enseñarnos. Ellos son parte de la Iglesia, y parte importante. El niño de Infancia Misionera no piensa: “Soy pequeño, soy pobre, qué puedo hacer yo”. El niño misionero piensa siempre en grande, porque sabe que le ayuda la oración. Y sabe cuánto puede hacer la pequeña colecta de millones de ellos en el mundo. Las necesidades son muy numerosas, millones de niños todavía no conocen a Jesús, millones sufren. Pero no por eso el niño de Infancia Misionera se desanima.
El camino es largo, pero en 170 años lo hemos recorrido bastante y, sobre todo, ha sido Dios quien nos ha guiado. Venid con nosotros y hagamos juntos este camino con alegría.

Baptistine Ralamboarison
Secretaria General de la O. P. de Infancia Misionera